La “densidad aceptable” de información y de elementos visibles en una interfaz está sujeto a numerosas variables y a un equilibrio entre cantidad y complejidad. Esto deriva en una mayor capacidad del usuario de percibir, entender e interpretar los mensajes y procesos que intentamos transmitirles.
Con la redundancia aumentamos las posibilidades, prevenimos y reducimos errores, logramos una mayor fiabilidad del sistema. Pero una mala redundancia puede evitar la comprensión, generar malas interpretaciones, ruido innecesario o desorientación.
La idea es añadir elementos en la interfaz que, con igual o diferente apariencia, tengan el mismo objetivo, la misma funcionalidad o faciliten la misma información, logrando así la adecuación y ajuste del sistema y una mejora de la experiencia de uso adaptada a diversos comportamientos del usuario.
Hace años Jesús Carreras nos hablaba en Alzado del papel de la redundancia en el diseño de interacción e identificaba dos tipos de redundancia:
Redundancia total: aquella situación redundante en la cual se repite tanto la funcionalidad en si (aquello que me permite hacer el sistema), como los elementos de interacción (elementos que me permiten ejecutar la funcionalidad).
Redundancia funcional: aquella situación redundante en la cual únicamente se repite la funcionalidad, cambiando en alguna media los elementos que me permiten ejecutarla.
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